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¿Qué nos está diciendo la naturaleza?

Category : Noticias

Michael Dominic Taylor
Esta reflexión fue publicado originalmente en PERSPECTIVAS.pe

La crisis global que estamos viviendo y el confinamiento colectivo nos da mucho que pensar. Quizá uno de los fenómenos más esperanzadores que hemos visto en esto días ha sido la aparición de animales en zonas y horarios donde no se solían manifestar y las vistas más limpias y despejadas de bahías, ríos y cielos. Nos alegramos de ver medusas que pasean por los canales limpios de Venecia y ciervos que deambulan por las calles urbanas de Japón. Nos alegramos por estos hechos quizá porque generan una sensación de alivio al ver que quizá no hemos malogrado tanto la tierra.

Considero que vale la pena meditar este asunto más a fondo. ¿Qué cosa nos quiere decir la naturaleza?

Algunos parecen ya saber la respuesta. Más bien parece que la sabían desde antes ya que llevan tiempo diciéndolo: “el hombre es el virus y el COVID-19 parecería una cura para la naturaleza”. Bajo una visión pesimista, cada mala noticia es una buena noticia para esta causa —de tintes políticos—, y si seguimos su lógica, cada muerte es una ganancia, y ciertamente no en el sentido de la tradición cristiana. Junto con esta visión, también se escuchan voces que dicen: estos cambios en la naturaleza no significan nada, son circunstanciales.

Pero dejando de lado estos extremos, volvamos a la pregunta: ¿qué mensaje nos quiere transmitir la naturaleza? Puede parecer demasiado simplista, pero creo firmemente que la primera respuesta es una exclamación tierna, casi lúdica en la que la naturaleza parece decir: “¡Mírame! ¡Contémplame!”.

Podemos sorprendernos ante la naturaleza y su belleza por dos razones. O no estamos acostumbrados a considerarnos en relación con ella, ya que nos hemos distanciado mucho en nuestros mundos artificiales y digitales, o más bien hemos mantenido y cultivado en nosotros el asombro propio de la niñez que se maravilla ante la realidad cuando se nos manifiesta. Muchas veces, lamentablemente, nos sorprendemos por lo primero, aunque valoramos mucho lo segundo.

Maravillarse ante la naturaleza, ante la realidad toda, es la experiencia del niño, libre y sin preocupaciones. Pero es también el lugar del nacimiento filosófico, científico y religioso del conocimiento. El asombro implica tanto maravillarse como preguntarse. Desde Sócrates y Platón, los verdaderos filósofos han afirmado que el asombro es el sello y signo del verdadero amor a la sabiduría. Pero ¿qué cosa es el asombro? Sencillamente es la experiencia personal de apertura ante la sobreabundancia de realidad que se nos presenta. Las realidades que se nos van presentando pueden ser más o menos interesantes, pero es la apertura la que determina nuestra experiencia ante ella. Tendemos a pensar que la realidad es misteriosa porque no es suficientemente inteligible, pero es al revés. La realidad es infinitamente más inteligible de lo que podemos comprender y es esta sobreabundancia la que nos causa la sensación de sobrecogimiento, si estamos dispuestos ante ella. Uno tiene que estar receptivo ante la realidad para recibir su mensaje, y gracias a Dios la naturaleza nos sale al encuentro continuamente para abrirnos los ojos, como lo ha hecho en estas últimas semanas. La belleza, que es orden y armonía sensible, es como la llave que abre nuestros sentidos y nuestra inteligencia, tantas veces cerrados por habernos acostumbrado al misterio, creyendo que no tiene nada más que decirnos. Creer que explicar algo equivale a entenderlo a fondo, creer que las cosas ya no nos dicen nada —en las palabras del escritor americano Wendell Berry— es abandonar la vida, es un suicidio cognoscitivo.

Por desgracia, nuestra sociedad occidental lleva siglos empeñándose en instalar una ceguera enfermiza en nuestra cosmovisión. Desde el nominalismo del medioevo tardío al dualismo cartesiano hasta el escepticismo kantiano y el nihilismo moderno, existe una concatenación de baches filosóficos que nos han arrojado hacia el materialismo y el cientificismo que nos obligan a una visión de la naturaleza sumamente reducida. Tenemos que volver a la intuición de que cada amanecer porta una carga de novedad infinitamente mayor que la última serie de Netflix o el último iPhone.

El problema no está tanto en los avances tecnológicos, por cuyos frutos debemos estar agradecidos, especialmente en estos momentos que nos permite salvar muchas vidas, cuanto en el paradigma tecnocrático que subyace. El mundo no es materialista (para empezar, el materialismo mismo es inmaterial) y la visión mecanicista de la realidad plantea una cosmovisión reductiva. Su poder reside, en gran parte, en el simplismo de su metáfora principal: la naturaleza es una gran maquinaria. El hombre, los animales, las plantas, todo está determinado por las leyes de la física, los genes y sus circunstancias. Si hemos dicho que la naturaleza se nos presenta con una sobreabundancia de inteligibilidad que siempre nos sobrepasa, esto significa que no la podemos entender ni controlar en su integridad. Pero esta cosmovisión nos sesga, limitando nuestra percepción a lo que se puede medir y reduciendo el misterio de la creación a una maquinaria que pensamos poder manipular.

Muchas veces se dice que este proceso de reducción tenía que suceder para tener toda la tecnología y beneficios que tenemos hoy, pero no necesariamente es así. La ciencia y la tecnología son completamente compatibles con una cosmovisión amplía que reconoce todas las dimensiones del hombre y de la realidad. Lo que no tendríamos son los abusos contra la naturaleza, que por cierto no consideramos creación sino bruta facticidad para nuestro uso utilitarista. Y esto implica también que no tendríamos, o al menos no se justificarían, los abusos hacia nuestra propia naturaleza humana: los genocidios, el aborto, la eutanasia, por nombrar algunos.

Las metáforas falsas —la naturaleza es una maquinaria y el hombre es un virus— por muy opuestas que pueden parecer, surgen de una misma ceguera reduccionista que no escucha a la naturaleza, que no sabe contemplarla. Estas metáforas se concretizan en cosmovisiones con consecuencias muy potentes. Si creemos que el universo es esencialmente caótico, arbitrario y violento, nuestro pensamientos y acciones inevitablemente también lo serán. Pero si creemos que el corazón de la realidad es el amor, nuestros pensamientos y acciones serán muy distintos. Hemos dicho que la naturaleza nos llama a mirarla y a contemplarla. De este modo abrimos la mente y el corazón, vemos que la naturaleza tiene su propia autonomía y dignidad, que esta sellada por la belleza y el misterio, pero que no es Dios.  Nos preguntamos por su Creador y por nuestro propio lugar en el cosmos.

El mundo creado siempre ha servido como mensajero para el ser humano, desde el tiempo de Noé cuando una paloma con una rama de olivo marcaba el final del diluvio y un arcoíris señaló una nueva alianza. Esta alianza es también ontológica y ecológica. Tenemos la responsabilidad de cuidar la creación, no por simple obligación sino porque es parte de nuestra familia. Somos seres relacionales y sin la relación nuestra vida pierde todo sentido. Relación con uno mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios; todo está conectado. El bien de uno es un bien para nosotros, y el sufrimiento de uno nos implica y nos responsabiliza. Quizá entendemos esto mejor ahora que nunca.

En respuesta a sus quejas y demandas de explicación, Dios le habló a Job desde la tempestad. Le obliga a considerar su creación, insinuando que hallará la respuesta que busca al contemplar su obra: leones, cuervos, íbices, asnos, avestruces, cigüeñas, langostas, halcones, águilas. Todos se presentan ante Job hasta que queda sobrecogido y arrepentido. “Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender”, dice Job (42, 3). Ante los sufrimientos y tempestades de la vida, incluso las pandemias, la naturaleza nos sale al encuentro para instruirnos, para invitarnos a entenderla y cuidarla, y para invitarnos asumir nuestra tarea y lugar en el cosmos.

Michael Dominic Taylor (EEUU, 1985) es Doctor en Filosofía por la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid) y Secretario Ejecutivo del Instituto Internacional Laudato Si’ (Granada, España).