Aprendiendo a pie

Por William Fahey, presidente del Thomas More College of Liberal Arts (New Hampshire, USA)

Esta reflexión fue publicado originalmente en el Saint Austin Review (https://staustinreview.org/)

El clima en Nueva Inglaterra puede ser cruel en primavera. La naturaleza danza elusivamente entre una primavera ostentosa y remilgada hacia una invernal helada puritana. Pero, como en verano, caminar siempre es bueno. Es bueno porque la tierra refleja el deseo primordial del hombre de explorar el paisaje, rastrear los ríos, y deambular por caminos de antaño.

La mayoría de los pueblos y aldeas en Nueva Inglaterra presumen de cientos de kilómetros de sendas que pasan por tierras de conservación, reservas naturales, asentamientos humanos, granjas y bosques. Aparte de un puñado de ciudades, Nueva Inglaterra sigue siendo un mapa moldeado por senderos. Para desesperación de los visitantes, Boston sigue siendo incomprensible desde el coche principalmente porque desafía la escala anti-humana y el cuadro diabólico que el automóvil provoca y que caracteriza gran parte del oeste y medio oeste de los Estados Unidos.

La antigua ley común sobre el derecho de paso todavía anima buena parte del campo de Nueva Inglaterra, permitiendo, en una espacio pequeño, una infinidad de viajes. Como escribió Belloc al introducir una antología de textos sobre este asunto, al caminar «estás haciendo algo inherente a tu propio ser». Los paisajes se fijan en la memoria y la esencia del lugar se valora más cuando nos aproximamos a lo que vemos a pie y lo asimilamos paulatinamente. La realidad se manifiesta al caminar. El tumulto del viaje en coche y la visión homogénea de un trayecto recorrido a 100 kms/h es tan memorable como las imágenes del GPS que alumbran y se desvanecen.

Con la educación pasa algo análogo al reemplazo de los senderos y las tradiciones por carreteras y código municipales. Las carreteras están bien diseñadas para vehículos, monótonas, metódicas, predecibles. Viajar está cada vez más dominado por la ideología de una señalización redundante que marca continuamente la carretera. Hasta las calles más pequeñas están cada vez más repletas de señales y aparatos de seguridad que aseguran avanzar de “A” a “B” bajando hacia “D” hasta llegar a “F”.

Todo ese trayecto debe hacerse de manera segura sin que requiera pensar ni una reflexión profunda de la mente que mueva el cuerpo en el espacio. De hecho, el ser humano tiende a olvidar su cuerpo mientras su vehículo se apresura seguro hacia su destino. Así está sucediendo también en la educación. La posibilidad de ofrecer educación online, en la era del Covid, se ha convertido en algo obligatorio para casi todos – y, en tanto que obligatorio, regulado y planificado en exceso.

Aquí, como sucede con el sistema moderno de carreteras, la preocupación principal es por un avance metodológico que asegure llegar a una conclusión segura y predecible. Tanto es así que las cualidades humanas de disquisición y reflexión, los actos sencillos que testimonian el vínculo entre personas, entre profesor y estudiante, están cuantificados, cuidadosamente empaquetados en reuniones de “Zoom” regidas por el reloj y privadas de todos los inigualables peligros y placeres de una verdadera comunidad humana.

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Una de las más antiguas y más grandes escuelas de nuestra civilización occidental fue la Escuela Peripatética de Aristóteles. Su nombre viene del verbo griego peripateein – caminar o pasear. Aristóteles, al no ser ateniense, no podía tener propiedades como sí tenia Platón con su Academia. En su lugar, Aristóteles se reunía con sus estudiantes cerca del Liceo – en una arboleda y un gimnasio situados en una zona dedicada a Apolo de Licia. Los estudiantes de Aristóteles y sus sucesores eran conocidos desde los tiempos clásicos como peripatético: andariegos o caminantes.

El por qué de esto no está del todo claro, aunque probablemente fuese porque lo característico de los discípulos de Aristóteles era caminar al aire libre (en oposición a las lecciones en aulas interiores), era pensar al ritmo del paso y la observación (en oposición al discurso abstracto). Su propia orientación fundacional hacia la biología y la historia natural, o su énfasis en el cambio, en el movimiento, en un “primer motor”, etc., eran todos parte de una aproximación a la enseñanza que combinaba el caminar, el estar al aire libre, la conversación, y la resolución de observar y describir con cuidado la naturaleza.

Sospecho que todo esto no coincide con el modo en que muchos lectores conciben hoy la escuela y la educación. ¿Qué pasa con los escritorios y las aulas? ¿Y qué con las campanas programadas de clase, las siempre perfectamente colocadas baldosas de linóleo, dispuestas con precisión, el zumbido de los tubos fluorescentes, los apuntes escrupulosamente copiados de lo expuesto en la pizarra? Estos métodos educacionales, seguros y homogéneos, aparecieron tarde en la historia de la educación.

Ciertamente, la ostentosa posición de Pedro Lombardo (s. XII) enseñando de pie supuso el giro de la educación en occidente hacia un sistema a gran escala y más impersonal para el estudiante. Sin embargo, hizo falta el empuje prusiano, ya desde la Ilustración hasta los tenebrosos años del siglo XIX, para que el realismo de aquellas caminatas pausadas propias de las tradiciones peripatéticas y benedictinas fueran definitivamente arrinconadas en tierras lejanas. Lea si no los diálogos de Cicerón o del cisterciense San Elredo de Rieval y encontrará cómo la enseñanza se daba en los jardines mientras se paseaba en el campo, y no en perfectas filas dispuestas uniformemente.

Es extraño que la mayoría piensen en los Estados Unidos como un país de cultura aficionada a las actividades al aire libre. En los últimos quince años, según estadísticas del Ministerio de Trabajo, el número de personas entre los quince y veinticuatro años que practican alguna forma de actividad ronda el 25%. Y estas actividades se realizan cada vez más en espacios interiores, con un promedio de menos de dos horas al día. Esto pudiera parecer razonable hasta que caemos en la cuenta de que el tiempo diario que un joven adulto pasa delante de una pantalla digital es aproximadamente entre 8–12 horas, tres a cinco de las cuales las dedica a ver películas o programas de televisión.

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El extraño proceso en los últimos meses de las escuelas hacia una educación controlada online no es solo, según mi opinion, por la intrusión del Covid y su énfasis en la salud. Ha sido, más bien, por la respuesta al problema de cómo el poder de la especialización ha superado las barreras del hogar para volver a encerrar la educación dentro de un ámbito seguro de control. Desde hace tiempo, esas barreras domésticas fueron poco a poco debilitándose por padres que acogieron y consintieron el sueño de una vida digital controlada. ¡No tengáis miedo! La respuesta humana está a la mano… o más bien… al pie. Sigue habiendo mentes, corazones, y almas intrépidas de personas concretas, en lugares concretos. Es hora de volver a caminar en la realidad. Ya es hora de volver a entrar en la realidad de pie.

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